Dios romano

En la vida hay momentos para los que nadie nos ha preparado, momentos únicos que ocurren una vez pero que permanecen por siempre en el recuerdo. Momentos que se viven con más intensidad después de haberlos experimentado que en el instante exacto en que se producen, quizás porque el impacto es tal que nuestra mente se protege proyectando un halo de irrealidad que nos evade de lo que está ocurriendo.

Hace no muchos meses, vivimos uno de esos momentos: mientras ultimábamos los detalles de nuestro stand en el Salon Privé, percibimos un ronroneo que repentinamente se convirtió en un trueno y que hizo que el suelo vibrase bajo nuestros pies. Nos giramos como si tuviéramos un resorte mecánico, buscando el epicentro de semejante terremoto… y lo encontramos. A unos 50 metros de distancia estaba la bestia que había provocado la tempestad: un poderoso Aston Martin Vulcan.

Por un momento nos miramos incrédulos, mientras el valiente que trataba de posicionar el coche en su stand hacía malabares con los pedales para que semejante bestia no se llevase nada por delante. Cuando todo estuvo en calma nos acercamos hacia aquel objeto que fue bautizado con el nombre del dios del fuego. Y viéndolo de cerca pareciera efectivamente que fuera hecho por las manos del hábil herrero romano.

Su silueta comienza en el afilado frontal, se extiende por los musculosos flancos esculpidos con fuego y viento y termina alargándose en los característicos pilotos traseros, un anticipo estático de la tremenda velocidad que desarrolla el coche, superior a los 350 km/h. El gigantesco alerón nos hace pensar en cargas aerodinámicas brutales de hasta 1.362 kgs, necesarias para mantener el coche pegado a la superficie donde esté rodando, ya que sería capaz incluso de rodar boca abajo sin caer a máxima velocidad, domando a un objeto capaz de alcanzar los 100 km/h en tan solo 2,9 segundos y de desarrollar una potencia máxima de 820 CV, gracias a su corazón de 12 cilindros en V y 7,3 litros, proveniente de las entrañas de un Vantage GT3 de competición.

Pero números aparte, la sensación de estar en presencia de semejante obra es difícil de describir con palabras. De pronto uno se ve arrastrado por un torbellino de fuego hacia su interior. La mano se dirige firme hacia el selector de potencia, moviéndolo desde su posición inicial en la que entrega 550 CV, pasando por la intermedia de 675 CV y fijándolo en la tercera de 820 CV. Se aprieta el botón rojo de encendido y… Uno ya no recuerda nada más. Sólo queda un zumbido persistente en los oídos y una cortina de sudor perlando la frente, acompañados de la sensación de haber vivido intensamente, de haber saboreado cada segundo como si fuera el último, apurando al máximo cada curva, cada centímetro de asfalto, iluminado de cerca por las llamaradas naranjas provenientes de las entrañas del Vulcan y que estallan a sus flancos.

Una vez que nuestra mente ya ha fantaseado a su gusto, comenzamos a caminar alrededor del Vulcan, buscando los ángulos que nos transmitan su esencia, abriendo los oídos de nuestro interior para que nos hable y nos diga: “¡Este es el momento! ¡Dispara!”. Todos los coches hablan, algunos hablan muy bajo y requieren de mucho tiempo y paciencia para desentrañar sus secretos, pero otros, como este, gritan, te envuelven con sus formas y te hacen sentir, te retuercen por dentro y te abruman. Es en esos momentos donde hay que saber ver, donde hay que saber escuchar para capturar una pequeña muestra de todo lo que es el coche. Y en estos momentos no importa si estamos en un estudio con luz controlada o si nos encontramos, como ha sido el caso, en un mar de reflejos de hierba y gente o en un día gris y lluvioso. Porque los momentos épicos te los da el protagonista, no el entorno. Sólo hay que saber ver y escuchar.

Y es en estos momentos y ante creaciones como el Aston Martin Vulcan, donde nos replanteamos qué es un coche. ¿Un medio de transporte? ¿Cómo podría un simple medio de transporte emocionar, transportarnos hasta el límite de nuestros sentidos? ¿O es que acaso es algo más? Son objetos fríos que de pronto cobran vida. Y el Vulcan, haciendo honor al dios que le presta su nombre, nos ofrece una vida llena de pasión y de fuerza.

El dios romano forjaba armas para los otros dioses, pero estamos convencidos de que esta arma la hubiera forjado para sí mismo y tendría en ella un nuevo motivo de envidia para el resto de los dioses, junto con el hecho de que su esposa fuera la mismísima Venus. Aston Martin Vulcan, simplemente no estábamos preparados.