Viejas alas

Cuando uno trata de escribir sobre una obra de arte, son muchas las dudas a las que ha de enfrentarse. Los principales inconvenientes derivados de tarea tan singular quedan tácitamente expresados en la incapacidad que tiene el léxico de cualquier idioma a la hora de describir los sentimientos más profundos. Cómo se podría plasmar en unas cuantas líneas la emoción que despierta en nosotros un nocturno de Chopin, o las sensaciones que nos recorren al contemplar una obra de Van Gogh? Es una tarea ardua pero a la par, gratificante, ya que por muy cortos que nos quedemos con el lenguaje, al menos habremos podido transmitir parte de lo que sentimos, compartiendo un momento único contigo, con nuestro lector.

Hoy me encuentro ante uno de estos desafíos. Todo empezó hace unos días, cuando el azar actuó con sus maneras misteriosas y con su paso sigiloso y puso en mis manos fotografías originales de finales de los 60. Lo que estas fotografías mostraban, no era sino un Mercedes-Benz 300SL y la persona que me las enseñó había sido su propietaria. Fue en ese momento cuando sentí la necesidad de escribir acerca de ese automóvil, pero escribir lo qué? Existen cientos de referencias y de pruebas, artículos, libros y documentos que hablan sobre el “Gullwing” con más acierto y conocimiento de lo que yo podré hacerlo jamás y, no obstante, ahí estaba ese sentimiento acuciante de dedicarle unas líneas al que se ha ganado un puesto entre los automóviles más apreciados de todos los tiempos. Y, ya que estamos hablando de sentimientos, continuaré en esta línea.

Lo primero que llamó mi atención en las fotografías, fue ver plasmado en ellas el paso del tiempo, en forma de una degradación notable del papel sobre el que fueron impresas. Pero es precisamente esta degradación lo que las convierte en fotografías únicas, porque plasman mejor que cualquier fotografía moderna el tremendo adelanto tecnológico y de diseño que constituyó el 300SL, por mero contraste. Por un momento, y si nos olvidamos de su fecha de fabricación, entre los años 1954 y 1963, pareciera que estuviéramos contemplando las esculturales formas de un superdeportivo moderno, envejecida su imagen a base de técnicas de post proceso fotográfico. Un superdeportivo moderno, pero con ese toque de refinada elegancia reflejada en unas dimensiones equilibradas y en volúmenes correctos y harmónicos. Su reluciente parachoques rivalizando en brillo con los aros de sus focos redondos y del precioso emblema de Mercedes presidiendo el frontal; sus branquias laterales facilitando la refrigeración de su motor de 6 cilindros en línea y 3 litros, el primero con inyección directa de combustible; los aerodinámicos pasos de rueda, a juego con las protuberancias del capó y, por supuesto, las puertas, esas puertas mágicas que nos invitan a levantar el vuelo hacia un mundo de velocidad (recordemos que el 300SL fue el automóvil más rápido de su época) y de peligro (la elevada cifra de accidentes mortales de este coche le valieron el sobrenombre de “widowmaker”).

En las fotografías se aprecian detalles propios de una creación elegante y refinada, como las maletas en piel hechas a medida para el hueco tras los asientos y amarradas con cinchas de cuero o el precioso volante de dos radios. Detalles que evocan el auténtico sabor del automóvil entendido como objeto de deseo y como obra de arte. El Mercedes-Benz 300 SL, sigue siendo un escaparate tecnológico y de diseño al que los años confieren una mayor personalidad y que jamás ha podido ser imitado. Su leyenda sigue creciendo porque la revolución que representó en su época sigue viva en su silueta y en la pátina de refinamiento que los años han imbuido en su carrocería. El 300 “Sport Leicht” sigue y seguirá protagonizando los sueños de muchos amantes de los superdeportivos, invitando a recorrer aunque sólo sea con la imaginación, los preciosos alrededores del lago de Como o a participar en la Mille Miglia.

Finalmente, he acallado la necesidad de escribir sobre él, aunque haya sido de manera muy breve. Espero que haya sabido transmitir algo de lo que he sentido y siento cuando contemplo esas fotografías. Quisiera agradecer de corazón a la persona que me las mostró, por permitir que las publique y por compartir conmigo sus recuerdos de un tiempo en el que se sentaba tras el volante de tan sublime automóvil. Gracias.